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Wildwood: un imponente regreso de la productora Laika

 Un gran año para el director Travis Knight: tras revivir a He-Man en el cine, regresó al arte de la animación para presentar la película más ambiciosa y extensa de la historia del género stop motion.

Wildwood es una adaptación de la novela homónima escrita por Colin Meloy (vocalista de The Decemberists), una propuesta de fantasía oscura para adolescentes que trascendió en 2011 por la manera en que combinó la cultura de Portland, en Oregón, con un universo místico y las ilustraciones de Carson Ellis.

La productora Laika (Coraline, ParaNorman) tomó un enorme riesgo con este proyecto, ya que no es una producción destinada a convertirse en un gran suceso comercial debido a la naturaleza de su contenido.

Se trata de un relato lúgubre y violento, por momentos depresivo, que no fue concebido para el público infantil. Motivo por el cual el nicho de espectadores al que apunta el espectáculo es bastante limitado.

Un tema que explica por qué, hasta el momento, apenas pudo recaudar 15 millones de dólares, cuando el proyecto se concretó con una inversión de 100 millones.

Más allá de que su campaña de promoción fue prácticamente marginal.

La trama gira en torno a una adolescente de Portland que un día presencia cómo una bandada de cuervos secuestra a su hermano pequeño, quien es arrastrado al Bosque Impenetrable.

Un reino donde conviven animales antropomórficos y que se encuentra dividido por una guerra. Junto a un amigo nerd que la acompaña en la aventura, la protagonista deberá unir las fuerzas del bosque en conflicto para vencer a la amenaza que se apoderó de su hermano.

El prodigio visual de Laika

Lo mejor de este film se encuentra en los aspectos técnicos, que representan el principal motivo para acercarse a Wildwood.

La obra de Knight rompió el récord de duración para un largometraje realizado dentro del subgénero stop motion, con una duración de 132 minutos.

El despliegue de la puesta en escena es extraordinario y se luce con numerosos escenarios y personajes míticos impecablemente detallados.

Esta es la clase de película que podés repasarla varias veces y siempre le vas encontrar un elemento nuevo que se te escapó en la primera experiencia.

La gran atracción llega al final, con la secuencia bélica más grande en la historia del stop motion, que es una locura absoluta.

Más allá del tono jugado de la violencia, que ni siquiera tenía antecedentes en los títulos previos de Laika, la batalla final involucra a 3.000 personajes diferentes en más de 400 tomas a lo largo de 12 minutos.

En los aspectos visuales, Wildwood supera por su ambición y complejidad a todo lo que se vio este año en el género, y si no se lleva el Oscar el año que viene es porque en su evaluación pesaron más las debilidades argumentales.

Una historia caótica demasiado familiar

La gran debilidad de esta propuesta se relaciona con los mismos problemas que arrastraba la fuente literaria.

Wildwood cosechó reseñas positivas por las ilustraciones, pero la historia de Colin Meloy era demasiado genérica y carecía de identidad propia. El autor copió numerosos elementos de Laberinto, La reina de las nieves, de Andersen, Narnia y El señor de los anillos en un pastiche que, además, contaba con un exceso innecesario de temáticas y personajes secundarios.

Al margen de que los dos protagonistas carecían de una personalidad atractiva que los hiciera memorables.

La versión para cines replica estos problemas y trata de explorar temas como el duelo, la corrupción política, la pérdida de la inocencia y la ecología.

La combinación de tantos comentarios sociales impide profundizar en ellos y hace que la historia pierda fuerza.

No obstante, si te gusta este estilo de animación, las debilidades del guion se compensan con la puesta en escena artesanal, donde el director Knight y sus colaboradores sorprenden con una experiencia audiovisual impactante.

Calificación: A-

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