Clayface: más terror Blumhouse que Universo DC
Clayface es una propuesta de terror que ofrece un entretenimiento decente y se olvida enseguida, apenas diez minutos después de abandonar el cine.
Tiene un poco más de dignidad que las producciones de Sony en torno a los villanos de Spider-Man, pero, más allá de las escenas escabrosas relacionadas con el subgénero del body horror, la adaptación libre que proponen los guionistas Mike Flanagan y Hossein Amini en torno al villano de los cómics de Batman resulta bastante genérica.
Flanagan originalmente iba a ser el realizador de este proyecto, pero, debido a sus compromisos con la serie de Carrie y la nueva entrega de El exorcista, que se estrenará el año que viene, la dirección quedó a cargo de James Watkins.
Un especialista del cine de terror que cosechó notoriedad con títulos destacados como Eden Lake y The Woman in Black, y que hace poco estrenó la remake del film danés Speak No Evil.
Su nueva obra no presenta gran interés por los cómics de DC y desarrolla un relato de monstruos que toma su influencia de Darkman (Sam Raimi) y de la versión de La mosca de David Cronenberg.
Tom Rhys Harries, la gran revelación de Clayface

La trama introduce a Matt Hagen, una estrella de Hollywood en ascenso que atraviesa un gran momento en su carrera. Tras una noche de fiesta, se acuesta con una mujer que resulta ser la novia de un jefe mafioso.
El criminal, que se siente humillado, decide castigarlo con una desfiguración brutal del rostro. Una escena que, por cierto, trae de regreso al mejor Watkins de Eden Lake.
A raíz del ataque, Hagen pierde su trabajo y su fortuna, y acude a una investigadora que trabaja en un experimento que permite regenerar células dañadas. Hagen consigue recuperar su rostro, pero el procedimiento no resulta exitoso y altera su cuerpo y sus facultades mentales.
El rol principal quedó a cargo de Tom Rhys Harries, quien eleva con su interpretación un relato simplón de monstruos que poco tiene que ver con el villano de los cómics y refrita una premisa conocida del género de terror.
Pese a todo, Harries encuentra el espacio para aportar profundidad psicológica al descenso a la locura que atraviesa el personaje. Su interpretación intensa y visceral sobresale como el mayor atractivo del film.
No tenía a este actor británico en el radar y me sorprendió gratamente. Gracias a su labor, la película no se convierte en otro refrito de Morbius o Kraven.
Una producción desconectada del Universo DC
La dirección de Watkins es efectiva a la hora de trabajar los elementos del cine de terror que presenta Clayface, entre los que sobresale la implementación de los efectos prácticos.
En materia de gore y asesinatos creativos, el realizador vuelve a demostrar su dominio del género.
La narración flaquea notablemente cuando se ve obligada a incluir una subtrama romántica forzada por el estudio Warner entre el protagonista y la científica que lo ayuda. La relación no resulta convincente y desentona con el contenido que prima en la trama.
El problema con esta producción es que no se siente en absoluto como una propuesta del Universo DC y cuesta asociar la historia de Matt Hagen con el mismo mundo donde coexisten Superman y Green Lantern.
Durante el desarrollo del argumento no hay ninguna referencia a Batman ni al resto de los personajes de la franquicia, y la ciudad Gótica que se retrata es un escenario urbano genérico que podría ambientar cualquier otra película.
La mayor debilidad de Clayface aparece en el acto final, que resulta abrupto. El guion de Flanagan evita que el personaje sea retratado como un antihéroe trágico; sin embargo, en la narración de Watkins, la consolidación de Hagen como villano se siente demasiado acelerada.
Con la intención de conseguir que el espectáculo dure menos de dos horas, el clímax se desarrolla a las apuradas y termina por afectar todo el arco argumental del protagonista.
Salvo por esos detalles, Clayface consigue presentar un film ameno que dejará satisfechos a los seguidores del terror corporal.