Letras robadas: la nueva comedia musical de John Carney
Letras robadas presenta la nueva película del director irlandés John Carney, quien tras el éxito de Once en 2007 construyó una filmografía muy interesante donde exploró diversas facetas del mundo de la música y el proceso creativo.
A diferencia de sus obras previas, que se concentraron en el talento independiente y la utilidad de la música como escape y herramienta de sanación, en este proyecto aborda la veta más comercial del arte relacionada con el rol de las discográficas y la maquinaria del éxito masivo.
Paul Rudd encarna a Rock Power, un compositor que tuvo un éxito fugaz en los años ’90 y en la actualidad integra una banda de covers que toca en recepciones de casamientos.
Una noche conoce a un ex cantante pop, interpretado por Nick Jonas, que busca desesperadamente un hit para relanzar su carrera. Tras una sesión improvisada donde ambos inician una amistad a través de la música, el joven toma una canción inacabada de Power y la convierte en un suceso internacional.
Rick, quien se siente traicionado, inicia una cruzada para reclamar los derechos y el reconocimiento de su obra.

Más allá de la fórmula predecible de la trama y del hecho de que no ahonda demasiado en el tema del robo de la propiedad intelectual, la comedia resulta muy entretenida y funciona gracias a la química de los protagonistas y a esos elementos característicos del cine de Carney donde se retrata en detalle el proceso de composición de una canción.
Nick Jonas sorprende con una interpretación natural y espontánea, pero es Paul Rudd el principal motivo para recomendar este film.
Carney lo aleja de sus roles habituales dentro del género y le permite añadir al personaje una mayor variedad de matices. Si bien Power despierta empatía porque es la víctima de un plagio, su resentimiento desbocado y los problemas de adicción que padece le brindan a Rudd la oportunidad de explorar zonas más oscuras.
En consecuencia, la cruzada por la integridad artística termina por convertirse en una obsesión enfermiza.
La gran paradoja de Letras robadas es que el conflicto interesante que desarrolla se sostiene con una banda sonora decepcionante. Los covers que suenan son bastante pobres y la balada que dispara el conflicto resulta terriblemente insípida y genérica.
Un detalle que afecta al film, ya que es imposible comprar que esa canción se haya convertido en un gran éxito internacional.
Salvo por esa objeción, Carney ofrece una comedia muy amena que funciona en materia de entretenimiento, aunque no tenga la jerarquía de sus trabajos previos.