Scarlet: la nueva película de Mamoru Hosoda
El director japonés Mamoru Hosoda (Mirai) estrenó hace poco Scarlet, una nueva producción animada que se convirtió en la obra más divisiva de su filmografía.
Aunque la crítica fue benevolente en sus reseñas, en el público tuvo una recepción más negativa, muy especialmente en Japón, donde resultó denostada en redes sociales.
En los aspectos comerciales, probablemente por su reputación negativa, tampoco le fue bien y pasó sin pena ni gloria por las salas de cine.
En esta ocasión coincido más con los detractores.
No solo considero a Scarlet el film más flojo del realizador, sino una de las peores reimaginaciones que vi de Hamlet en muchos años.
La trama se ambienta en la Dinamarca del siglo XVI. El rey Amleth es ejecutado por traición por su hermano Claudio y el hecho traumatiza a la princesa Scarlet, quien crece obsesionada con vengar a su padre.
En un baile de la corte, la joven intenta asesinar a su tío, pero cae inconsciente luego de consumir por accidente un vino envenenado destinado a Claudio.
Scarlet se despierta en un inframundo donde conviven personas vivas y muertas de diversas épocas. En ese lugar descubre que Claudio murió a raíz del veneno y busca alcanzar la Tierra Infinita para perpetuar su dominio espiritual.
La princesa sale en su persecución y durante la travesía conoce a Hijiri —el peor personaje que brindó el animé en la última década—, un paramédico del siglo XXI que intenta educar a la heroína en el camino de la compasión y la sanación emocional, con el fin de construir un futuro libre de odio.
Cuando la película se encaminó por ese rumbo, inmediatamente vino a mi mente esta recordada escena de The Last Action Hero.
Hay que reconocerle a Hosoda las agallas y desfachatez de reescribir la obra más famosa de Shakespeare con la intención de expresar un mensaje hippie de paz y amor en un mundo turbulento.
Aunque entiendo su intención honorable, se metió con el clásico equivocado y el espectáculo no termina de funcionar.
La experiencia de Scarlet es como ver una adaptación de Romeo y Julieta donde los Montescos y Capuletos resuelven sus diferencias en un festival de yoga cantando juntos Let the Sunshine In.
El problema de esta producción es que busca imponerle un mensaje humanista actual a un personaje que pertenece a la cultura medieval del siglo XVI.
Por consiguiente, termina por arruinar toda la complejidad de la trama original, que no necesitaba ser alterada con sensibilidades modernas porque es perfecta.

Desde el momento en que Hamlet acepta vengar a su padre, la tragedia es inevitable. Al forzar una resolución pacifista, que encima incluye moralejas de Plaza Sésamo para chicos de cinco años, anula la razón de ser del conflicto central y el relato se vuelve más simple e insípido.
De hecho, Claudio termina convertido en un villano soso y unidimensional que se desempeña como el jefe de pantalla de un videojuego.
La película tiene un primer acto vertiginoso, que establece el mundo de conspiraciones y traiciones en el que se desenvuelve la protagonista.
Todo se desarrolla con un ritmo frenético y apenas tenemos tiempo de conocer cómo era su vida antes de la tragedia.
Luego, la acción se traslada al inframundo y la narración de Hosoda se estanca notablemente cuando empieza a desarrollar su sermón de corrección política, que resulta insufrible.
Un contenido que está a cargo del insoportable Hijiri, quien se expresa a través de mensajes filosóficos de sobres de azúcar, estilo «la violencia genera más violencia».
Las dudas existenciales del príncipe de Dinamarca y el miedo a las consecuencias espirituales que acarrea la misión de venganza que le exige el fantasma de su padre terminan diluidas en un relato simplón que no termina de convencer.
Tampoco queda clara la intención de Hosoda por destruir Hamlet si buscaba desarrollar un cuento de perdón y amor que no encaja con estos personajes específicos de Shakespeare.
Un apartado técnico a la altura de Hosoda
Lo mejor de Scarlet se encuentra en los aspectos visuales, muy especialmente en las secuencias de combate de esgrima y la ambientación creativa del inframundo, que mantiene el estándar de calidad del estudio Chizu.
Aunque la banda sonora no sobresale como la de Belle, la película previa del director, consigue combinar con efectividad arreglos orquestales barrocos y melodías electrónicas que retratan los ambientes culturales de donde provienen los personajes principales.
El resto es para el olvido.
No llegué a detestar la película como lo hicieron otros seguidores de Hosoda, pero es imposible negar que el contenido está muy por debajo de lo que fueron sus propuestas previas.
Wolf Children retiene la corona como la mejor obra del realizador hasta la fecha.