El diablo viste a la moda 2: secuela sin filo
El título de la película no solo le queda grande al contenido, sino que no tiene el menor sentido, ya que el diablo terminó convertido en una versión domesticada de sí mismo, producto de la corrección política del cine hollywoodense actual.
Una tendencia que lleva años en las producciones estadounidenses, donde el tratamiento del humor pierde irreverencia en favor de propuestas más seguras que evitan tomar riesgos para no incomodar a nadie.
En el 2006l El diablo viste a la moda, sobrevaluada a un nivel demencial, presentó una comedia amena sobre las relaciones de poder en los ámbitos laborales y la naturaleza excluyente de la industria de la moda, obsesionada con la validación social.
El argumento desarrollaba un par de conceptos interesantes y Meryl Streep sobresalió por la interpretación de la editora Miranda Priestly, inspirada en la ejecutiva de la revista Vogue, Anna Wintour.
Una continuación sin la irreverencia del original

Veinte años después, ek director David Frankel reunió al reparto original para ofrecer una continuación que cumple en materia de entretenimiento, pese a que el contenido no se encuentra a la altura de la entrega previa.
El humor quedó relegado a un segundo plano y la película opta por un tono más sombrío para abordar el panorama actual de la prensa gráfica y la crisis en la industria de la moda. Sin embargo, este enfoque nunca termina de profundizarse y deriva en un relato que evita cualquier tipo de conflicto incómodo, con escenas livianas que reducen el potencial del material a una propuesta mucho más segura.
Por consiguiente, en esta oportunidad Meryl Streep termina bastante desdibujada producto de un guion que no le permite divertirse más con su personaje.
Anne Hathaway, con mucho oficio, se carga el film en sus hombros y consigue que el espectáculo resulte llevadero, asistida por intervenciones simpáticas de Stanley Tucci y Emily Blunt, que hacen lo que pueden con el material disponible.
Entre las nuevas incorporaciones del reparto, Justin Theroux, a cargo de un personaje tedioso, no aporta nada relevante, mientras que Kenneth Branagh desconcierta con la labor más perezosa de su carrera.
Básicamente cobró un sueldo para aparecer en escenas intrascendentes donde le abre una puerta a Anne Hathaway, recibe invitados en un almuerzo, toca un violín durante tres segundos y le da un abrazo a Meryl Streep.
Se deduce que anduvo con problemas financieros; de otro modo, cuesta entender su presencia en esta producción con un rol tan irrelevante.
No obstante, lo peor de esta continuación es una subtrama romántica insípida que protagoniza Hathaway y se resuelve en cuatro escenas. Si en la película previa su personaje se emborrachaba y tenía relaciones con un colega que acababa de conocer, en el cine de 2026 se enamora de una momia a la que apenas besa una vez, en un romance que parece salido de una propuesta conservadora del canal Hallmark.
Hay un par de momentos graciosos, montajes estilizados en las pasarelas de Milán y una participación de Lady Gaga que levanta un poco el espectáculo. Sin embargo, esta continuación que propone David Frankel carece del atractivo necesario para ser recordada más allá del primer visionado.